De los Beatles a Zitarrosa en el día de la Soberanía Nacional

El sábado pasado casi me linchan en Recoleta. Quizás exagere un poco…

Desde el recital Paul Maccartney en la cancha de River, quedé en sintonía beatle: escuchando, tarareando, silbando, pensando, todo beatle. El viernes pasado, sin ir más lejos, llevé puesta una linda remera con la caricatura los cuatro de Liverpool vestidos como en Sg. Pepper. Al otro día, sábado 20 de noviembre, seguí con la misma onda. Temprano, acompañé a mi mujer a llevar los productos de su negocio a la embajada de Gran Bretaña, en el barrio de Recoleta, donde se desarrollaría una feria de artesanías que se repite todos los años. Listo. Seguí mi vida. Arrancamos con mis dos hijos para la casa de mis viejos mientras escuchamos dos veces Abbey Road en el auto (sí, mis viejos viven lejos).

Llegamos contentos y nos encontramos a Dorita –mi vieja– protestando porque todavía no empezaban a transmitir el acto del día de la soberanía desde Vuelta de Obligado, donde iba a hablar Cristina, la presidenta. Todavía faltaba un rato. Más tarde pegué la vuelta, sin los chicos, hacia el coqueto barrio de Recoleta para ayudar con el desarme del stand de la feria. Iba escuchando la previa del acto en Radio Nacional. Casi entrando a Capital me empezó a dar una cosita acá.

Llegué y estacioné en la calle Gelly, en diagonal a la embajada. Empezó a sonar en la radio el triunfo La Vuelta de Obligado interpretado por Alfredo Zitarrosa. Uf! Quedé ahí, no bajé hasta que el urguayo dejó de cantar. Caminé timorato rumbo a la embajada y tomé conciencia de la situación: era el recién inaugurado día de la soberanía argentina, con especial hincapié en las potencias británica y francesa. Entré a los jardines de la embajada y caminé hasta al stand de mi mujer. La mayor parte de las personas que atendían los stands cercanos hablaban en inglés, muchos paseantes también, y eran bastantes los que deambulaban un poco borrachos (a las siete de la tarde) con latas de cerveza en la mano. La cosita que me había empezado a dar acá, se profundizó. Qué manera de festejar el día de la soberanía, ¡la gran siete! Como me malhumoré y no quería que se entendiera mucho lo que decía, crucé un par de palabras en italiano con Lorena, la socia de mi mujer. Agarré unas bolsas y me fui para el auto. Empecé a acomodar las cosas en el baúl y justo en ese momento empezó a hablar la presidenta, así que levanté un poco el volumen del estéreo del auto para poder escuchar. Casi terminaba cuando se acercó un vecino que estaba parado junto con otros a unos diez metros del auto. “Che, podés bajar un poco la radio, que estás jodiendo a la gente que vive acá”, me dijo de imaginable mala manera. “Epa, no está tan fuerte, no creo molestar a nadie; no es para tanto”, respondí. Y el vecino en cuestión arrancó con eso de “la yegua”: “Qué venís a hacernos escuchar a esa yegua, por qué no la escuchás solito o te vas a tu casa a escuchar”, dijo como yéndose y, claro está, suponiendo que no era del barrio. Entonces le sugerí que fuera a buscar a la policía, que estaba ahí cerquita, en la puerta de la embajada, para que me hiciera bajar el volumen, lo que desembocó en un cruce dialéctico de poco nivel intelectual y mucha pasión. Muy enojado, el tipo encaró para la embajada, mascullando. Miré a los otros vecinos: señalaban y comentaban cosas en voz alta, indignados.

Finalmente, él no vino con la policía, volvió solito, haciéndose el boludo. Yo me quedé sentado, con todo el auto abierto, la radio baja (ya había terminado hacía rato el discurso de la presidenta) y un poco amargado. En lo personal, una mierda para ser el primer festiejo de soberanía nacional. El resto del día seguí con “La Vuelta de Obligado” en la cabeza hasta que, a la noche, tuve la posibilidad de poner algunos temas en una fiesta y decidí equilibrar mis sentimientos: largué London calling y un par del temas de Sandinista! Ahora estoy un poco mejor. “Noventa buques mercantes, veinte de guerra, veinte de guerra…”

Armando Doria

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La voz de Dios


Cuando tenía cerca de 12 años, entre algunos alumnos del colegio Nuestra Señora del Carmen empezó circular una versión que se haría persistente y crecería con los días hasta salir de los labios de los chicos de quinto año (que eran palabra autorizada): el rock estaba muy emparentado con el demonio. Buena parte de las letras de rock incluían mensaje satánicos subliminales o explícitos, y la música estridente y perturbadora los acompañaba como una señal y, a la vez, como una fuerte atracción. Las primeras veces que lo escuché me resultó lejano, porque yo recién estaba empezando a escuchar algunas cosas, más onda disco y me parecía imposible relacionar a Andy Gibb con Satán. Pero un día, una chica que colaboraba mucho con los catequistas y era tan devota como canchera y simpática me paralizó el corazón. Me acuerdo patente que llegó en bici a una reunión de catequesis de las que había a contraturno y entró masticando una manzana al salón. “Cómo hay que cuidarse”, dijo. “Acabo de escuchar una canción de Los Beatles al revés y se oía perfecto ´adora al demonio, es tu rey´”. Claro, con 12 años y absorbido por la iconografía católica, se me cayeron los calzones del pavor.

Ante la terrible posibilidad de que se colara en mi vida la maldad misma, me sumergí en otros ritmos musicales (folklóricos, en particular) que me mantuvieron ocupados los oídos y el almita. Pero al poco tiempo encontré en la batea de los casets una síntesis que parecía creada para salir de cualquier atolladero espitu-musical: “La Biblia”, de Vox Dei. Guau! Era la receta infalible, podía escuchar rock ni siquiera hacía falta preguntar si acaso podía ser peligroso. Iba a lo seguro. Me lo compré. Tapa negra, letras doradas. Lo puse en el radiograbador con toda la expectativa, con taquicardia y ya el primer tema (“Génesis”) me partió la cabeza. Y el riff de “Guerras”! La abstinencia me hizo gozar. Gasté ese caset. Después, como fichas de dominó, fueron cayendo otros discos en mi haber. Y se fue desfigurando la chica devota de la bici. Y los miedos de los curas no podían sonar tan fuerte como la guitarra de Pappo o la batería de Copeland, ni siquiera como la flauta de Nito Mestre.

Si bien no me convertí en fan y fue poco lo que escuche posteriormente a la banda, mucho le debo a los Vox Dei, que les surgió el pretexto de Dios para hacer sonar la viola. Y seguro que fue el recuerdo de aquel disco lo que me llevó a conmoverme hoy temprano, cuando me enteré que el histórico batero de Vox Dei, Rubén Basoalto, está jodido. Para ayudarlo, sus amigos y familiares están organizando un festival para el 3 de noviembre. Yo me prendo para la darle una mano al amigo.

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Armando Doria