El diablo debajo de la mesa

El rock y el diablo parecen tener mucho en común. Desde sus comienzos, el género fue asociado a los supuestos influjos del demonio, aquel ángel representante del mal en la teogonía cristiana.

En la lista de “casos”, cuenta el mito cuasi fundacional del blusero Robert Johnson, de quien se dice que vendió su alma en una encrucijada de caminos de Mississippi con el fin de convertirse en el mejor guitarrista de la región (parece que no era tan ambicioso como pedir ser el mejor del mundo…). Le sigue de cerca la supuesta vocación diabólica de Elvis, evidenciada en el censurable hecho de mover las caderas al cantar. También suma el afán ocultista de Jimmy Page, los supuestos mensajes satánicos en los discos de los Beatles, el título de algún disco de los Rolling, las tapas de Black Sabath, el makeup de Marilyn Manson, el amor por las aves de Ozzy y un larguísimo etcétera que conduce a extremos como el Black Metal noruego.

En el ámbito local no hubo ni hay mucho loquito satánico, el metalero local se mantuvo y mantiene más bien “profano”. En cambio, sí hubo un par de temas que levantaron tangencialmente la cuestión diabólica. Y ya que dije un par, nombro solo dos: “Encuentro con el diablo”, de David Lebón , y “La balada del diablo y la muerte”, de La renga. El primero, un rock juguetón y divertido con riffs melodiosos en tonos mayores; el segundo, un aire metálico, cansino y potente que termina contando un cuentito con moraleja.

Pero el hecho de que nunca hayan florecido bandas oscuras de metal o que ningún rocker nativo haya sido asociado a prácticas mefistofélicas, no impide que haya metaleros locales devotos de las artes oscuras. De hecho, tuve el enorme placer de conocer a algunos.

Un buen día, cuando trabaja en una oficina pública, mi jefe me encomendó que hiciera reacomodar dos mesas que estaban ubicadas en un salón. Para lograr el objetivo, pedí la colaboración del sector de apoyo general. Al buen rato llegaron dos flacos vestidos completamente de negro. “Hola, pá”, me dijo uno (el que hablaba), “¿qué hay que hacer?”, y se frotaba las manos, ansioso. Uno de ellos, el que no hablaba, llevaba al cuello cadenitas con cruces invertidas y otros símbolos que me resultaban irreconocibles, y una camisa negra con los botones desabrochados sobre un remera también negra. Era muy alto. Lo que yo necesitaba era llevar una de las mesas contra la pared y colocar la otra patas para arriba, sobre la primera. Las mesas eran largas y bastante pesadas. Expliqué lo que necesitaba y se hizo un silencio incómodo en el lugar. El más petiso me miró bajando el mentón: “No, mirá, yo no puedo mover las mesas”. El alto, que no hablaba, lo miró al petiso y después me miró a mí, levantando un poco las cejas, con cara de “así es la vida, hay que joderse”. Pregunté por qué no podía mover las mesas, si acaso porque eran pesadas. “No es por estas mesas, yo no puedo mover ninguna mesa porque soy de religión satánica y para nosotros las mesas…  Son como sagradas… No se pueden mover, nosotros los de religión satánica no las podemos mover”. Me quería morir. No sabía bien cómo seguir la conversación. “¿Y qué les parece que hacemos?”, les pregunté con respeto. “Mirá, es una religión más, pero es con el diablo, el demonio, ¿viste?”. El tipo se confesaba como miembro de una secta satánica ahí nomás, sin conocerme, nada, con cara de naipe, como si me estuviera diciendo que tenía que terminar de barrer. “Miren, muchachos, el tema es que yo tengo que mover estas mesas y no sé como lo voy hacer. Sí puedo empujar una hasta la pared, pero tengo que poner la otra encima y eso no voy a poder hacerlo solo”, les dije ya preocupado. “Mirá, pá, dejame que lo charle acá con el amigo y vemos qué se puede hacer”, ofreció el que hablaba. Mientras discutían en voz baja, yo empujaba una de las mesas contra la pared. “¿Vos sabés inglés?”, me preguntó el flaco. Le respondí que sabía un poco mientras empujaba la puta mesa, pesadísima. “Che, no voy a poder subir la otra mesa encima de esta, fíjense cómo pueden darme una mano”. El que no hablaba, habló: “Mirá, para nosotros las mesas… No podemos moverlas”. “Bueno, listo”, les dije, “dejemos esto acá, por qué no me mandan a alguien que me pueda ayudar?”. Silencio. “Mirá, pá, por ahí, si nos conseguís unos guantes podemos moverla, porque sería como no tocarlo con la piel de las manos”, me dijo dubitativo el más petiso, el que hablaba. No dudé y le di para adelante. Después de caminar media hora conseguí un solo par de guantes, se los puso el que no hablaba y la movimos. Tampoco era que el satánico este hacía demasiada fuerza y nos costó bastante girarla y subirla sobre la otra mesa. Mientras lo hacíamos, el que hablaba no paraba de hablar. “Por ahí vos que sabés inglés me podés ayudar porque quiero traducir unas letras de unos temas que están cantados con voz vomitada”.  Me sorprendió: “¿Vos vomitada? Me la puedo imaginar, aunque nunca la escuché”, comenté. “Sí, es así, escuchá”. Cantó una melodía indescifrable con un texto indescifrable, con voz vomitada. En un momento cantaba tan forzadamente ronco que casi vomita literalmente. Le pedí que dejara de cantar, que le iba a hacer mal. El que no hablaba le dijo al petiso que ya estaba listo el trabajo, que había que irse. Los saludé. El que hablaba se fue disculpándose por lo de la mesa y el alto se demoró unos segundos para comentarme algo. Me pidió que le oculte a su jefe que su compañero no había querido hacer el trabajo, que era un flaco muy bueno pero que le pegaba por la cosa demoníaca. Este tipo se dejaba afuera de la situación y hasta me había hecho buscar guantes por todos lados como un pelotudo! Se lo dije. Me aclaró que él también era satánico, pero más que nada por la música y que no se lo tomaba muy en serio, la puta que lo parió. Me tendió la mano, se la apreté. Llevaba puesto los guantes que le había conseguido prestado y que, por supuesto, debía devolver. Me dijo “nos vemos” y se llevó puesto el par de guantes.

A la semana, me crucé al alto, el que no hablaba. en un pasillo. “¿Qué hacés, che? Los guantes no te deben servir para tocar la viola, ¿no?”, le reproché con tono risueño. Me miró con ganas de matarme en sacrificio ritual y, sin que crucemos una sola palabra más, lo vi irse, con su remera negra de Iron Maiden, pensando que quizás esto del satanismo puede ser un buen pretexto para algunos chorizos.

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